Este grupo de personas no termina de creer lo que están viendo con sus propios ojos. Miren detenidamente al causante de este revuelo. ¿Lo vieron? Exacto. No es uno sólo. Son varios. La desesperación se concentra en cada uno de los rostros. ¿El motivo? Ahí está, abajo, un grupo de jefes de estado acaban de ser descubiertos por la lente de Daniel Gómez. Creían que estaban solos pero no. Daniel abrió la ventana indiscreta para siempre. El pueblo rechina de angustia y los políticos a punto de darse un festín, trajeados, rumiantes, engordados por la riqueza mal repartida. No me vayan a decir que me he equivocado otra vez. Son ellos. El pueblo arriba, perplejo por descubrir las desnudeces de sus gobiernos. Los jefes de estado abajo, atónitos en el momento de pillarles con las manos en la masa. Que no, que no me falla la vista. No me vayan a decir que sólo veo lo que quiero, no es justo. ¿No es justo?15/4/09
La ventana indiscreta
Este grupo de personas no termina de creer lo que están viendo con sus propios ojos. Miren detenidamente al causante de este revuelo. ¿Lo vieron? Exacto. No es uno sólo. Son varios. La desesperación se concentra en cada uno de los rostros. ¿El motivo? Ahí está, abajo, un grupo de jefes de estado acaban de ser descubiertos por la lente de Daniel Gómez. Creían que estaban solos pero no. Daniel abrió la ventana indiscreta para siempre. El pueblo rechina de angustia y los políticos a punto de darse un festín, trajeados, rumiantes, engordados por la riqueza mal repartida. No me vayan a decir que me he equivocado otra vez. Son ellos. El pueblo arriba, perplejo por descubrir las desnudeces de sus gobiernos. Los jefes de estado abajo, atónitos en el momento de pillarles con las manos en la masa. Que no, que no me falla la vista. No me vayan a decir que sólo veo lo que quiero, no es justo. ¿No es justo?17/3/09
Azar (frag. novela)
Por la mente de Ismail cruzó la posibilidad de decirle a Moshe que había sido afortunado. No le inspiró la suficiente confianza. Apenas llevaba tres semanas de contrato desde que Moshe se fijó en él un día que lo encontró solicitando trabajo a la entrada de la Puerta de Damasco, al norte de la Ciudad Vieja. Cargaba el pick up con la incertidumbre instalada en su mente. Le era harto complicado hallar algún israelí que le ayudara a cobrar el premio millonario, tan engorroso como desmontar una catedral pieza por pieza. Pertenecía a la segunda generación de una familia enraizada en Palestina desde la llegada de sus padres, originarios de Petra, Jordania. “No le tengo tal confianza a ningún israelí”, murmuró. La ineptitud del momento daba saltos en el interior de su cabeza como queriendo encontrar una salida. Sus manos respondían temblorosas al trabajo de carga. Moshe se percató de que Ismail no era el mismo de otros días. Lo notó perdido, nervioso.
-Ismail, ven un momento.
Caminaron a una distancia donde nadie les pudiera escuchar.
-¿Por qué estás tan serio? ¿Tienes problemas en tu casa?
-Eh…, sí.
-¿Qué problemas tienes? ¿Dinero?
-Sí, dinero. No sé cómo explicarte. Un primo que vive con nosotros se ganó un premio de la lotería israelí y no sabe cómo cobrarlo.
-¿Cuánto ganó?
-Dice que un millón de shekels.
-¿Un millón? No está mal. Hay una posibilidad entre trece millones para ganarse la lotería, debería estar contento. ¿Por qué te preocupas tanto por él? Debe conocer a alguien que por una comisión le cobre su premio, ¿no?
-No creo. Él trabajó la semana pasada en un moshav cerca de Haifa. Fue su primer trabajo en Israel. Estuvo unos días. No conoce bien a nadie.
-Si habla hebreo tal vez puedo comunicarme con él. Si llegamos a un acuerdo podría cobrar parte de ese premio. Mejor eso que nada, ¿no?
-Gracias, Moshe. Sí, habla un poco de hebreo. Le voy a decir llegando a casa.
-¿Tiene teléfono?
-No. Hay una vecina que nos presta el suyo.
-Si está de acuerdo en negociar, mañana me das el número y una hora para llamarle, ¿te parece?
-Muy bien, Moshe. Gracias. Esta noche, llegando, le aviso de tu propuesta.
-Anda, ve a cargar las cajas que faltan. Cuando acaben se suben atrás el tailandés y tú. Vamos a dejar esas cajas en el mercado.
Ismail mintió a medias. Según se sabe es la peor de las mentiras. Le daba vueltas a la cabeza con todas las posibilidades que se abrían en ese momento. Tomaba una caja, la subía a la altura de la cintura y de un golpe la descargaba en la camioneta. Regresaba pensativo a la pila. Tomaba otra mientras cavilaba qué hacer. Ahora tendría que negociar con varios frentes para intentar cobrar. En el momento que Moshe se diera cuenta de que no era un premio de un millón sino de doce millones y medio podría pasar cualquier cosa. Lo peor sería recibir una denuncia de su jefe ante la policía. Sin mayor abrojo podría alegar que su empleado le robó el comprobante del premio. Se cree evidente que nadie jugaría a una lotería que jamás pudiese cobrar. Para subsanar ese detalle deliberó que lo mejor sería no sacar de Palestina a su imaginario primo millonario, a ser posible, conseguir una voz convincente del otro lado del teléfono. Ismail tendría que dar con un personaje astuto, conocedor de la legalidad y de extrema confianza. En la baraja de candidatos pocos podían cubrir tal exigencia. Su familia derrocharía un entusiasmo exacerbado, al filo del suicidio delator. Estaba convencido de que no había espíritu más desprendido que el de una familia pobre a la que de pronto le favorece la fortuna. En todo caso siempre quedaba su madre, aunque revelarle el secreto flotaba sobre su cabeza. Sobre todo porque desde niño se había identificado con la supresión de toda identidad cuando le tocó vivir las concesiones de su madre ante los reproches paternos. Sus amigos representarían un eslabón de confianza distante, al extremo de contar con posibilidades de fraude. Nimios flecos faltarían para confirmar lo que su mente decidiría pasados unos minutos: él mismo tendría que pasar como el primo millonario. Partiría con varias ventajas, y es que su jefe jamás ha escuchado su capacidad ventrílocua. Confiaba gradualmente en mantener el anonimato a través del teléfono. Otro asunto sería propalar a Moshe los doce millones y medio. En el papel de primo argumentaría que no quiso hacer público el total del premio para no ganarse el recelo de su familia. Trataría de compinchar el espíritu insaciable de su empleador sin que sospechara del engaño a medias.
24/1/09
Radio Puente (fragmento)
Octubre de 2001
este cayuco?
—Uff, amigo. Es una historia un poco larga.
—No será más larga que la incertidumbre en la que estamos.
—No, claro que no. Subí a un carguero de juguetes que supuestamente
me iba a llevar hasta Canarias. Cuando llegamos a
El Aaiún me dejaron tirado. No tenía dinero, todas mis cosas se
quedaron en el barco excepto este cuadernillo.
—¡Agua!, ¿no tiene un poco de agua? —Pidió una voz meliflua
que sostenía el llanto de un bebé.
—Tome —respondió Diogomaye.
—Y ¿qué pasó después?
—Unos tripulantes de un carguero español me entregaron a
la policía del puerto después de haberme desmayado. Me tuvieron
dos días masacrándome la espalda con una vara de metal. Al
tercer día me dijeron que, o me iba, o me quedaba para siempre
enterrado en un área baldía. No tenía dinero, entonces abordé un
camión que iba a El Aaiún. Allí cobré el reembolso de unas latas
de lubricante que había comprado el maldito del capitán. Le pregunté
a un camarero de una terraza por el lugar más cercano para
tomar un cayuco a Canarias. Me dijo que casi en toda la costa era
posible embarcar, pero precisó que cuanto más cerca estuviera de
Tarfalla mejor, la ruta era más corta. Compré un poco de agua y
me paré al borde de la carretera hasta conseguir quien me llevara
hacia el norte. El chofer del camión que me llevó me propuso que
bajara en la playa Bouslam Idris. Según él, a diario salían varios
cayucos. Llegué allí y el resto ya lo sabes.
—Sí, amigo. Hay que tener agallas para lanzarse a nadar al
Atlántico. Al principio, cuando te vimos nadando pensamos que ibas a regresar a la costa. Fue el patrón del cayuco el que nos preguntó
si estábamos de acuerdo en llevarte. La mayoría argumentó
que para qué, si ya te iban a comer los tiburones. Los saharauis
que están allí, en la punta del cayuco, fueron los que más batallaron
con el resto para que te dejaran subir. No sé si te habrás
dado cuenta pero ya estabas bien adentro. No creo que pudieras
regresar a la costa. Este cayuco fue tu salvación.
—Señor, ¿me puede regalar un poco de pan para mi bebé?
Hoy no ha comido nada —volvió a interrumpir la voz meliflua.
—Déjeme ver si me quedan unas migas en el bolsillo —contestó
Diogomaye—. Abra la mano. Tome, este polvo es lo que
me queda.
—Gracias, señor.
—Le iba a decir que entre quedarme en tierra, sin nada, y
morir, creo que no había mucha diferencia. Así lo sentí y por eso
me lancé al Atlántico. A nadar. Llevaba cuatro días casi sin comer,
sólo agua y alguna fruta. Ningún coyote me quería llevar sin dinero
y eso que salen varios cayucos a diario. El primer día esperé
en una fila enorme. Llegué como a las seis desde la mañana, me
situé detrás del último. Conversé con el último, el penúltimo y la
familia del antepenúltimo. Quedamos de vernos por allá si todo
salía con suerte. A media tarde se cerraron las plazas para viajar
ese día. Así viene ocurriendo las últimas semanas, según me dijeron.
Entonces me lancé a nadar harto de sufrir, de recordar a mi
familia, de pensar en la maldad de algunas personas, de querer
llegar a la isla... Por causas inexplicables sentí que podía cruzar,
ya sé, son 100 kilómetros en el Atlántico. Noche y día, noche
tras día. Ahora que estoy sobre este cayuco percibo el tamaño del
error en el que me había metido.
—Así es, amigo. Oiga, y ¿no tiene un cigarro?
—Lo siento. En estas circunstancias no fumo.
—Yo tampoco pero, en momentos así... sí fumo. Mira ése que
está a tu lado. No se mueve desde esta mañana. Yo creo que ya la
palmó. Tócalo.
—No se mueve. Lo estoy tocando y... está muerto.
—Revísale los bolsillos.
—No, eso no. No puedo.
—¿Cómo que no puedes? ¿Quién lo va a hacer?
—Hazlo tú.
—Pero no ves que no nos podemos mover más que para mear
y cagar. Arriba y un paso para atrás para ir a orinar. Un paso
adelante y vuelva a sentarse para regresar. Ya son diez días y diez
noches. Con la de ahora hacemos once noches.
—Llevamos diez días que no tocamos costa. Anoche creí ver
unas luces en el horizonte, parecían redes de mar tendidas sobre
montañas. Durante el día de hoy no hemos visto nada. Tal vez nos
estamos alejando... no sé. Aún queda viaje hasta ¿Fuerteventura?
—Ajá. Pero no me cambies de tema. Sácale a ése lo que tenga
en los bolsillos. Ya verás que se te va a adelantar el que está del
otro lado.
—No me obligues a hacer eso. Tal vez más adelante, si aguanto
más el dolor. Esa mezcla que hicimos de agua dulce con salada
me está rompiendo el estómago.
El acompañante de Diogomaye no le había quitado la vista
de encima a los bolsillos del marroquí fenecido que estaba junto
al senegalés. En aquellas circunstancias, el acompañante prefirió
cambiar de tema. La proximidad incitaba a la tolerancia.
—El patrón del cayuco dejó claro que esta noche paraba motores
porque vamos a pasar por la zona de vigilancia. Si pasamos,
después tenemos que salvar los radares de la costa. El patrón calcula
que con lo calmadita que está la mar podemos estar llegando
de madrugada.
—¿Esta madrugada?
—Sí, en ocho horas más.
—Oye, amigo, ¿Tienes idea del día que estamos?
—Mas o menos llevo la cuenta. Si mis cálculos no fallan mañana
amanece el 1 de octubre.
Era costumbre que el gran patrón se quedara en tierra, su gestión
se consideraba un éxito si lograba pasar lo más inadvertido
posible. Sólo se encargaba de recaudar el dinero de los jóvenes de
confianza que subcontrataba como anzuelos y seguir comprando
material desechable. A fin de cuentas, el cayuco era un producto
perecedero. Lo más parecido a un ergástulo flotante. En ocasiones,
los patrones de los cayucos y sus ayudantes pagaban con su
vida la travesía, en muchos casos, los patrones anhelaban el sueño del barsaij como propio y sufragaban el viaje con el manejo de la
embarcación. Tal era el caso en el que estábamos.
El patrón había anunciado que viajaban ciento cuarenta y siete
personas, sin incluirse él, un joven ayudante y Diogomaye.
Los aspirantes a alcanzar el sueño europeo estaban distribuidos
en cuatro filas: dos filas dobles en el centro de la embarcación
con la mirada dirigida hacia la proa y otras dos filas dobles en las
bordas del cayuco con la mirada permanentemente clavada en
los viajeros del centro de la embarcación. Ninguna maniobra era
posible salvo alongarse a la borda del cayuco para orinar, defecar
o vomitar que, dicho sea de paso, eran las tres actividades más
comunes entre los pasajeros.
La embarcación medía 25 metros de eslora y llevaba dos motores
de 40/60 CV cada uno conectados a un bidón de gasolina
que abarcaba 450 litros. Con cierta frecuencia el ayudante del
patrón echaba un vistazo a un equipo portátil de GPS el cual les
iba guiando en la ruta.
El cayuco estaba generando una recaudación total de aproximadamente
70 mil euros, que se podía desglosar en 18 mil euros para
gastos de organización o mordida del patrón, entre 9 y 11 mil euros
para garantizar la salida de la embarcación o mordida policial y 42
mil euros de ingresos generado por la venta de las plazas.
Después de esperar entre 7 y 12 horas a que se fueran cubriendo
las plazas, cada aspirante a cruzar el océano apoquinó el equivalente
a 600 euros si eran subsaharianos, o 300 euros si eran marroquíes.
Estas cantidades se establecieron de esa forma porque ninguno de
los pasajeros decidió contratar apoyo logístico alguno. De haber
contratado el plus, el presupuesto por persona se incrementaría a
los 800 o mil euros por subsahariano, y alrededor de 500 euros
por marroquí. La diferencia de precio concedía el apoyo logístico
completo y vestuario adecuado para la travesía. ¿Qué quería decir
esto? Si se contrataba el plus, a cada pasajero se le daría chaleco
salvavidas, abrigo y víveres suficientes para llegar con cierta salud
al destino. Además, se podría continuar el viaje una vez llegados a
tierra a través de las redes que operaban del otro lado.
La penumbra de la noche había pedido paso. El patrón ordenó
que ningún pasajero encendiera luz alguna, «En breve cruzamos
la zona de vigilancia», advirtió.
El acompañante de Diogomaye se atusaba el bigote al tiempo
que cavilaba la manera de extraer los bienes restantes de los viajeros
que hacía horas dejaron de respirar. Tenía contabilizado a una
pareja de mauritanos enfrente y al marroquí junto a Diogomaye.
En la proa del cayuco el patrón había vaciado los bolsillos de dos
mujeres saharauis. Las mismas que habían apoyado la subida de
Diogomaye al cayuco. Estaban frías, a punto de ser arrojadas al
mar. El olor a putrefacto era fuerte y turbador, a ratos olía al excremento
que yacía en el fondo de la embarcación como a ratos
olía a descomposición. Era particularmente desagradable el hedor
que desprendían los bebés fallecidos. Aún así, permanecían en los
brazos de sus madres con la esperanza de poder enterrarlos en el
destino. La consigna era esperar a que oscureciera completamente
para ir tirando los cadáveres adultos al Atlántico. Debían ser lanzados
todos y a la vez para que no se esparcieran pistas de la ruta.
La noche anterior, un argelino se tiró por la borda y comenzó
a nadar para no morir de hipotermia según confesó antes de lanzarse,
la tristeza por verlo desaparecer en la oscuridad era concomitante
a la melancolía que delineaban los pocos ojos abiertos. Al
cabo de unos minutos murió ahogado.
Los motores del cayuco dejaron de hacer ruido. La calma del
océano penetró en los oídos de Diogomaye que sólo se veía interrumpida
por débiles regüeldos. Intentaba mantener la boca
cerrada para no provocar una mayor desecación de la garganta.
Se había apoyado a su derecha. Metió su brazo entre la espalda
del marroquí fallecido que estaba junto a él y la borda del cayuco.
Buscaba protegerse de la brisa marina que comenzaba a
arreciar. El cuadernillo de notas que mantenía abierto para que se
secara quedó entre sus piernas, las últimas anotaciones del viaje
casi se habían borrado por completo al escribirlas a lápiz. La incertidumbre
del momento había provocado que varios pasajeros
mezclaran el agua dulce con la salada en aras de sacarle un mayor
rendimiento al líquido vital. Aún así, las reservas estaban a punto
de agotarse. La noticia de que tocarían costa en la madrugada
no sólo era esperanzadora sino que necesaria. Una jornada más
de sol sobre sus cabezas podía dejar en cuadro a la embarcación.
Claro que al gran patrón no le interesaba demasiado si llegaban o no con vida, él ya había hecho su negocio y como adelantó en
la playa: «Yo no les digo que se vayan, sólo les ayudo a hacerlo.
Antes era pescador, ahora trabajo con personas. Vuelvo y repito
que yo les hablo claro, les digo que hay muchas pateras y cayucos
que se han ido y que no se ha sabido más de ellas».
Diogomaye segregaba una espesa espuma blanca que le inundaba
la boca. No podía estirar la mano para recoger una palmada
de agua salada por habérsele dormido tras la espalda del marroquí.
Apoyó sus dientes sobre la nuca del fallecido y clavó los incisivos
en la fría piel de su acompañante. En un gesto de desesperación
succionó la sangre que brotaba por el corte de sus dientes.
La absorción de líquido le produjo un ligero refrescamiento. El
canal hidratante que se había delineado de su boca a su estómago
aumentó unos milímetros con la filtración de la sangre. Volvió
a abrir sus ojos para comprobar que todos los pasajeros estaban
replegados sobre sus rodillas. Vio que cayó un cañón de luz de
dificultosa procedencia sobre la proa de la embarcación. Giró la
cabeza hacia atrás y atisbó el origen de la luz. Una patrulla de
salvamento marítimo se aproximaba al cayuco. Era el final de un
sueño hecho realidad, el principio de una ilusión extraviada.
12/12/08
A punto de salir la novela...
10/11/08
28 Feria del Libro de Oaxaca
En principio el debate se compondrá de una breve cronología literaria española, las últimas poblaciones literarias indígenas en Europa como son la periferia gallega, catalana, canaria, asturiana o vasca; conoceríamos el ars poetica de los autores presentes y terminaríamos analizando la representatividad del creador periférico en España frente a los enormes emporios de comunicación que centralizan el criterio literario de masas.
Sábado 15 noviembre, 19:15 horas Jardín el Pañuelito, Oaxaca.
29/10/08
Festival de la palabra en el Centro Histórico de D.F.
Mi participación será el sábado 1 de noviembre junto a Guadalupe Nettel, Mayra Luna, Antonio Ortuño y el cubano Amir Valle en la mesa sobre narrativa y crítica literaria. A continuación les paso el programa completo.
FESTIVAL DE LA PALABRA, CIUDAD DE MÉXICO, CENTRO HISTÓRICO
TEMA: CREACIÓN Y CRÍTICA
PALACIO DE LA AUTONOMÍA
Jueves 30 de Octubre
10:00 hrs. Conferencia Magistral
Maestro Roberto Fernández Retamar (Cuba)
Presenta: Ambrosio Fornet (Cuba)
11:30 hrs. Novela
Coord. Ricardo Cayuela
Participan: Christopher Domínguez, Rafael Pérez Gay,
Mauricio Montiel, David Toscana y Álvaro Enrigue
13:00 hrs. Cuento
Coord. Javier García Galiano
Participan: Alberto Chimal, J. M. Servín, Francisco Hinojosa
y Juan José Rodríguez
Viernes 31 de Octubre
10:00 hrs. Periodismo cultural
Coord. Alejandro González
Participan: Ariel González, Ambrosio Fornet (Cuba), Carlos Martínez
Rentería, José Usquiza (España) y Lorenzo León
11:30 hrs. Novela
Coord. Tryno Maldonado
Participan: Alejandro Zambra (Chile), Nicolás Cabral,
Ximena Sánchez Echenique y Diego Trelles (Perú)
13:00 hrs. Los editores frente a la creación y la crítica
Coord. Fernando Fernández
Participan: Andrés Ramírez (Random House Mondadori), Carmina Cufrancos (Planeta), Guillermo Quijas (Almadía), Jesús Salazar (Los libros de Homero) y Francisco de la Mora (Sexto Piso)
Sábado 1 de Noviembre
10:00 hrs. Traducción y crítica
Coord. Alfredo Coello
Participan: David Lida (USA), Kurt Hackbarth (USA),
y Dubravka Susnjevic (Serbia-Croacia)
11:30 hrs. Ensayo
Coord. Heriberto Yépez
Participan: Francisco Rebolledo, Leonardo da Jandra,
Luis Alberto Ayala Blanco y Joao Cézar de Castro (Brasil)
13:00 hrs. Narrativa y crítica
Coord. Pablo Raphael
Participan: Guadalupe Nettel, Amir Valle (Cuba),
Mayra Luna, Héctor Huerga (España) y Antonio Ortuño
Domingo 2 de Noviembre
10:30 hrs. Poesía
Coord. Araceli Mancilla
Participan: Jorge Esquinca, Julián Herbert,
Orlando González Esteva (Cuba) y Ernesto Lumbreras
11:30 hrs. Lectura de poemas
Usha Akella (India), Natalia Toledo y Rocío González
13:00 hrs. Cine
Coord. Gustavo Montiel
Participan: Miguel Calderón, Kyzza Terrazas, Carlos Azar,
Enrique Rentería y John Dickie (Escocia)
16/10/08
Tránsito
4/6/08
Salen los primeros


En el pasado Salón del Libro de Ginebra se presentaron mis dos primeros trabajos editoriales en Suiza: Le chant du rossignol de Nilo Tomaylla y Visites de l'autre côté de Américo Ferrari, ambos autores latinoamericanos de trayectoria reconocida en sus países de origen pero que residen desde hace unos años en Suiza.
Les dejo como pequeña muestra las portadas de los mismos no sin antes agradecer a la Editorial Albatros de Ginebra a Ediciones Malvario de Argentina y al Departamento de Asuntos Culturales de la ciudad de Ginebra que han contribuido a que estos proyectos tomen forma.
21/5/08
Viaje de vuelta

Regresan a Canarias los trabajos plásticos y los textos que autores canarios compartimos con autores cántabros bajo la atenta curaduría de Raúl Hevia. Este número de la editora conceptual Al Harafish había propuesto escribir sobre la Protección. Mi aporte lo pueden encontrar en este mismo blog titulado Hijos putativos. Para tal edición se titula Javier Tapia.
Asistan, acudan o regresen a la Casa Museo de Colón en el barrio histórico de Vegueta en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Lo dicho, el sábado 24 de mayo a las 13 horas. Que lo disfruten.
5/5/08
Semana Literastur

Por espacio de cinco días regreso a España con la ilusión de volver a encontrarme con la abundancia del mar y los libros en español. El miércoles 7 comienza la undécima edición del Salón del Libro Iberoamericano en Gijón que este año parece estar dedicado a literatura y medio ambiente.
Esta semana venidera concluirá con un periodo de presencias en diferentes Salones dedicados al libro. Ayer domingo cerramos la participación en el Salón del Libro de Ginebra donde por unos días he estado comentando y fomentando la literatura de escritores como Bellatin, Bolaño, Villoro, Fresán o Rey Rosa, los cuales existen en la librería Albatros pero el lector en español ginebrino desconoce por completo. Parece que la generación del Crack empieza a sonar por estos lares cuando hace ya algunos años los McOndo han querido derribarlos por pluma técnica. Otra cosa sería reconocer que detrás de los Fuguet o Paz Soldán vienen asomando un arsenal de letras aun sin clasificar, ejemplos como Bares o Lobo en México que ni apuntan ni esperan a la caída de las estrellas, pudieran llevarnos directamente a esa gran mayoría de desclasificados que más adelante los nuevos talentos o los viejos egosperdidos rescatarán del anonimato para uso y disfrute de la nueva historia.
Escanciaré a la salud de los ocultos y, si me dejan, continuaré hablando de los que no existen o los olvidados como diría Buñuel.
28/4/08
Mis ahoras en Ginebra
Un hasta que el placer lo permita.
Pronto
17/3/08
De ámbulos concéntricos
A la hora de explicar el fenómeno del olvido se han descubierto páginas escritas que diagnostican el olvido en una ligera falta de concentración o en un exceso de la misma. Este puede no ser el caso. La mayoría de las veces los descuidos de don Plutarco se producían por tener asumido el hecho de que nada quedaba en el tintero, de confiar en el instante donde todo marchaba según lo planeado, sin más preocupación que continuar el camino hasta la llegada del golpe. Zás. Una vez recibido, llegaba la duda.
La retina de don Plutarco se desprendía como un glaciar desde el año anterior y era frecuente que equivocara agua con lejía, los condimentos para la comida entre sí o el fútbol con el rugby. Una madrugada llamó a casa desde el estacionamiento donde trabajaba como acomodador de coches para preguntar por el resultado del clásico que enfrentaba en la pantalla al equipo de sus amores contra el de sus desamores. Al colgar el teléfono se volvió a dar cuenta que no podía seguir confiando en todo lo que salía en la televisión: uno de sus hijos le aclaró que, a esa hora, el único programa donde se veía verde era el mismo que él estaba viendo: un documental sobre los Masai Mara en su peregrinar por la estepa tanzana.
La falta de visión completa hacía pensar a don Plutarco que tal vez por ahí se derramaba una porción importante de su concentración y por lo tanto, un motivo por el que pensar en su lógica del olvido.
Antes de regresar a casa recogió de la mesa de trabajo el teléfono, los cigarros y la tarjeta de visita que le había obsequiado un cliente del estacionamiento del cual pensaba que lo hacía porque éste entendía que don Plutarco tendía a la desconcentración. En alguna ocasión los autos tenían mecanismos de encendido difíciles de asimilar y algunos clientes llenaban de mañas imposibles la cabeza de don Plutarco en pos de hacerle más fácil el trabajo. No siempre daba con la maña, y sí, se vio necesitado de comunicarse con más de un propietario para mover el auto de lugar.
Como bien saben, antes de entrar dejen salir. Así estaba escrito en el reverso de una postal carcomida y pegada a la puerta del baño de la casa de don Plutarco. Además del desprendimiento de retina en la casa cohabitaban la gula trasnochadora de su hijo Ernesto y el mundo paralelo de su otro hijo, Javier. Su esposa Ernestina había fallecido años atrás debido a un descuido doméstico.
De camino a casa don Plutarco encontró una panadería abierta. Miró el reloj insistente. Pensó que no debía retrasarse demasiado. Aun así se introdujo en el calor del lugar y automáticamente se acordó de que tenía ganas de ir al baño. Salió a la calle. Caminó hasta una esquina oscura y evacuó dejándose la cremallera abierta. Pasos más adelante atisbó el portal de su casa y al tomar la llave del bolsillo se dio cuenta que no había cerrado la bragueta del pantalón. La cerró y acto seguido abrió la puerta de la entrada. Subió los escalones que conducían al apartamento tratando de recordar qué había olvidado en el camino.
En el interior del apartamento su hijo Ernesto abrió la puerta del baño y con un gesto automático apagó y encendió la luz del salón. Levantó la mirada para comprobar que se acercaba a las dos y media de la mañana y pensó que su padre estaría al llegar. Antes de tomar el último trago a la cerveza caliente buscó el control remoto de la televisión. Comenzaba en ese momento un documental que ya había visto tres veces en la misma semana y quería cambiar de canal.
Fruto de la realidad cotidiana se abrió la puerta de la casa. Entró don Plutarco haciendo ruido con las llaves. Apagó y encendió la luz del pasillo. Imaginó que Ernesto estaría en el salón y apagó definitivamente la luz del pasillo. Antes de llegar al salón dobló a la derecha para entrar desde el pasillo a la cocina. Apagó y encendió la luz de la cocina. Sin hacer ruido puso cuatro rebanadas de pan junto a la tostadora y le vino a la mente el olvido: no había comprado pan. Enfiló al salón con la mantequilla, la mermelada y las cuatro tostadas.
-Hola papá, ya me estaba quedando dormido.
-Sí, ya parece que se te cierran los ojos. Toma, cómete unas tostadas.
-Gracias, viejo. Hoy han pasado en el siete la película que fuimos a ver el miércoles pasado al cine.
-¿La del fotógrafo que se suicida?
-Sí.
-Pero, ¿no habíamos ido al cine porque ya estabas harto de verla en la tele?
-Sí, pero después de verla en el cine como que cambia. No sé, me fijo más en otros detalles.
-Tal vez debieras aprovechar tu noctambulismo para leer un poco más. Las pelis acaban por dañarte la retina. Para muestra… yo mismo.
-Pos es que los libros me abren más los ojos. Si pretendo leer para quedarme dormido lo tengo muy claro, no pego ojo. Me clavo en la trama y después empato con el Javier.
Sonríen los dos.
Ernesto encuentra el control remoto y apaga el televisor. Don Plutarco se levanta, remoza unas migas de pan de su camisa y espera a Ernesto para desearle descanso junto al quicio de la puerta que delimita el salón del segundo pasillo que lleva a los tres cuartos. Se despiden antes de ir a la cama al tiempo que se abre la puerta del cuarto de Javier.
Sale Javier con los ojos cerrados y el paso firme. Tantea las paredes del pasillo que le conducen al salón. Arrastra los pies con el suelo haciendo un ligero ruido que se confunde con el reptar de una escoba. Su padre le espera y apaga y enciende la luz del salón. Sin rozar ningún mueble ni desplazar ninguna silla Javier consigue llegar a la mesa de la cocina. Busca con las manos el frío tarro de los chocolates. Abre la tapa y mete algunos bombones en su calzoncillo. Huele a quemado. Intuye que no puede acercarse demasiado a los fogones. No sabe qué podría pasar si lo hace pero a lo lejos cree escuchar los gritos desaforados de su mamá al tiempo que a lo lejos, también, cree oler a carne humana quemada. Tras sus pasos llega don Plutarco a la puerta de la cocina, antes recogió del suelo El pasado de Alan Pauls, unas cartas que asomaban de la zapatera que rellena el pasillo, reacomodó el cable del teléfono y pegó en la puerta de la cocina otras postales con mensajes subliminales. Accedió a comprobar que tenía la tarjeta del cliente en el bolsillo pero ya la había perdido. Al ver el tarro de los chocolates abierto, don Plutarco recordó aquel día que discutía con Javier sobre quién se había comido los chocolates de su cumpleaños. Javier había apelado a su sonambulismo para exculparse.
-Javier, ya estoy en casa –susurró su padre desde la penumbra del pasillo.
Javier imaginó que había escuchado esas palabras y palpando la distancia entre la mesa y la silla de la cocina se levantó, giró sobre sus propios pasos y enfiló hacia el salón. Don Plutarco le siguió la estela revisando que no cayera nada a su paso. Don Plutarco había dejado de imaginar a sus hijos diferentes. El destino le había ofrecido convivir entre ámbulos concéntricos. Al llegar al salón sólo tuvo que volver a ubicar sus zapatos junto a la zapatera y ahora sí, apagó de un solo golpe la luz.
8/3/08
Desde mi ventana...Borges

La ligera línea blanca que aparece abajo y a la derecha de la foto es el filo de mi ventana, y el árbol centrado en la foto es el que cobija a la tumba de Borges. Bajo las ramas del enorme vegetal de origen saboyano descansa el maestro. No piensen que es la tumba blanca visible, no. Borges descansa bajo un monolito vertical que termina en punta ovalada, bastante más sencilla. Sobre la superficie que ocupa el cuerpo se ha creado un parterre de plantas saboyanas y en el anverso de la piedra queda un esculpido en bajorrelieve donde se aprecian varios guerreros, algo más abajo se percibe una leyenda en anglosajón And Ne Forhtedan Na, o lo que traducido al castellano diría: Y que no temieran. En la parte superior frontal están inscritos nombre y fechas y en la parte inferior hay una dedicatoria: De Ulrica a Javier Otarola, así se llamaban entre sí María Kotama y Borges. Al reverso aparece una embarcación celta tirada por varios remeros y otra inscripción: Hann tekr sverthit Gram ok legger i metal theira bert; en castellano: El tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos.
El destino ha querido traerme a vivir a esta distancia de él y yo les comparto la cercanía.
3/3/08
Propriété intellectuelle
-Don Filisteo, ¡qué gusto volver a verle!
-Gracias, Porfirio, gracias
-Cuénteme, cómo le fue, se le ve un poco cansado, le creció la barba…
-Ni me recuerde Porfirio, ni me recuerde.
-Confíeme don Filisteo, nuestra amistad es grande, ya sabe, yo le protejo y usted me protege, ¿recuerda? Cuénteme.
-Se cavó
-Cómo
-Que se cavó
- Qué se ha acabado
-El mundo
-¿El mundo?
-Sí, mi mundo
-A ver hombre, venga tantito, siéntese aquí –postrados en un banco-. Don Filisteo, usted es una persona respetada, querida, admirada… Qué quiere decirme con que se acabó su mundo.
-No hombre, no. No es mi mundo el que se acabó, entiéndame. Es que de mi canción “El mundo se va acabar” ya sólo me quedan los derechos por “se cavó”.
-¿Eh?
-Todo empezó porque hice una denuncia pública a un grupo de son por no darme los respectivos créditos. ¿Comprende?
-Ajá, ¿Le faltaba un número de cuenta o…?
-¡Qué número de cuenta ni que ocho cuartos! ¿Que no sabe lo que representa tener los derechos de autor sobre una obra?
-Sí, hombre, sí. Déjeme entender que es algo así como que yo registro una obra ante un organismo oficial y entre ese organismo y yo existe un complot, ¿no? Donde por “ley” si a alguien se le ocurre copiar la obra debe… pagar una lanita o por lo menos rezar el padrenuestro cambiando Amén por el nombre del autor... ¿no es así?
-Le cuento: Un grupo de son copió mi frase “El mundo se va a acabar” en uno de sus sones. El lunes siguiente vine al Registro e intenté poner la denuncia correspondiente, el funcionario me dijo que dos horas antes había llegado un joven para registrar la frase a su nombre. Como comprenderás, salí furioso del Registro y me encaminé hacia la papelería que está debajo de mi casa a comprar unos formularios para registrar “Un mundo se va a acabar”. Por aquello de los horarios institucionales y las enormes distancias de la ciudad fue hasta el día siguiente que pude regresar a registrar mi nueva obra maestra. Al pie de la ventanilla el funcionario me dijo que otro joven había registrado la misma frase una hora antes. Imagínese con qué cara regresé a la papelería.
-Me imagino, don Filisteo, me lo imagino perfectamente.
-El miércoles suena mi despertador a las 4 de la mañana y sin desayunar encaminé hacia el Registro. Cuando llego, la fila para entrar le da la vuelta al edificio. Por pericia profesional comienzo a preguntar a la gente que esperaba para registrar su obra que a qué departamento iban. Todos me respondieron que a Propiedad Intelectual. Mañoso yo decidí preguntarles a cada uno que me ayudaran a rellenar los formularios y así podría yo indagar lo que registraban.
-Qué acción tan inteligente don Filisteo.
-Al primero que le pregunté me dijo que iba a registrar “Qué mundo se va a acabar”, el segundo registraba “Segismundo se va a acabar”, el tercero “El mundo se va a cavar” el cuarto “Segismundo se acabó”, el quinto “Qué mundo se va a cavar”, el sexto “Un mundo que se cavó”… y así hasta que cuando llegué a la ventanilla de registro los únicos vocablos que quedaban por registrar eran “se cavó”.
-Ajá, creo que ya le entiendo.
-No estoy seguro de que me entienda.
-Bueno, entiendo que usted creó una frase y por lo que se ve, hay un grupo de gente que se levanta muy temprano cada mañana para chingarle.
-Así es la administración, Porfirio, una decepción.
-Pero bueno don Filisteo, usted es músico, no registrador de palabras. ¿Quién puede considerarse dueño del habla? ¿No es un bien común? ¿De toda la comunidad? A fin de cuentas la lengua se alimenta del habla. Así ha sido siempre.
-Y los buitres de la carroña.
-Ajá, fíjese qué bien lo ha entendido.
9/2/08
...y Roncagliolo visitó Ginebra

Cuarenta y ocho horas nunca son suficientes para conocer a una persona. Sí fueron suficientes para que Santiago conociera la tumba de Borges en el Cimitiere des Rois, sí fueron suficientes para que tomáramos café en el squat donde vivo y conversáramos sobre la maravillosa locura literaria a la que nos hemos avocado, sí fueron suficientes para que visitáramos un taller de recuperación del libro antiguo en Carouge, sí fueron suficientes para que él conociera mis inquietudes y yo sus viejos y nuevos proyectos, sí fueron suficientes para que pactáramos hablar ordenadamente en la presentación y, finalmente, la amistad surgida del encuentro hiciera de tal evento un delicioso intercambio de saberes, experiencias literarias y contra lo que habíamos pactado durante el café, la improvisación se convirtió en el eje del evento. A fin de cuentas, para mí fue suficiente compartir cuarenta y ocho horas con Santiago, un escritor que hace grande su profesión por ser tan sencillo. Gracias Santiago por visitar Ginebra.
11/1/08
Santiago Roncagliolo visita Ginebra
19/12/07
Arquitexturas urbanas (IV)
18/12/07
Arquitexturas urbanas (III)
-¡Don Bernardo! ¡don Bernardo! ¡Espéreme un momento!
Don Bernardo esperó el momento.
-Buenas tardes don Bernardo. Qué bien que nos vemos porque hace días que quería comentarle sobre el alquiler del piso, pues eso, que… es que no sé cómo decirle…, bueno, que mi hija Julia.
La señora de voz altisonante bajó el volumen.
-Es que lo que le voy a contar es un secretito, acérquese –y don Bernardo con los ojos bien abiertos se acercó-. A mi Julita, el doctor Céspedes le pronosticó cáncer de útero, es decir, ella tiene que ir al hospital la próxima semana y pues… Queremos mantener el alquiler del piso pero… Pensamos mi marido y yo que tal vez usted pueda bajar un poquito la mensualidad.
-Déjeme pensarlo –contestó don Bernardo, como de costumbre parco en palabras-, mañana o pasado le aviso.
La señora de voz altisonante agradeció la preocupación de don Bernardo y regresó a la acera de enfrente mientras el señor volvió a meter la llave en el puerta principal, recorrió los dieciséis escalones que le llevaron hasta la entrada de su piso, cruzó nuevamente el enorme pasillo que le llevaría a la cocina y esta vez tampoco abrió el refrigerador. Acercó la silla a la mesa, se sentó, tomó un papelito en blanco y escribió: “Julia tiene cáncer de útero”. Dobló el papelito hasta ocho veces y después lo dejó junto al bolígrafo y el resto de papelitos doblados sobre la mesa redonda de caoba. Al final de la noche, don Bernardo guardaría los papelitos doblados sobre la mesa redonda de caoba junto a miles de papelitos doblados que ponía a salvo en diferentes cajas repartidas por todo el piso, según don Bernardo, su memoria ya no tenía la capacidad de almacenar todos los secretos que le habían contado.
6/12/07
Arquitexturas urbanas (II)

-Hola ¿Luis o Esteban?, no sabía que también tenías consulta.
-Así es, cambiaron Alzheimer a… los jueves, creo.
3/12/07
Fernando Iwasaki visita Ginebra
Iwasaki es autor de una veintena de títulos que pasan del ensayo al microrelato en editoriales como RBA, Alfaguara o Páginas de espuma. Es Premio Copé de Narrativa (Lima, 1998); Conference on Latin American History Grant Award (New York, 1996); Premio Fundación del Fútbol Profesional (Madrid, 1994) y Premio de Ensayo Alberto Ulloa (Lima, 1987). Ha sido colaborador de Diario de Sevilla (1999-2000), La Razón (1998-2000), El País (1997-1998), Diario 16 (1991-1996), Expreso (1986-1989) y La Prensa (1983-1984).
23/11/07
El resultado (poesía visual)
9/11/07
Correspondencia
...tantas cosas que han pasado en estos meses. Empiezo por el final, y es que estoy desde hace unas semanas en mi nueva residencia. Estrenando canales de vida y limpiando platos en casa, como de costumbre. Mis ahora menos huesos soportan progresivamente el intenso frío de Ginebra. Escribo desde la biblioteca de la ciudad donde suelo venir por las tardes a rastrear los universos, previo paso por la Rue des philosophes donde al final de la calle te recibe una estatua de Calvino, en silencio, sin protestantismos...
Es una decisión personal, si todavía existen: he pasado de trabajar en una editorial independiente a ser editor independiente, si todavía existen. Si lo miras así, fríamente, es un viajezote interesante este de cambiar totalmente de chip en la vida, un poco, obligado por algunas circunstancias. A Roberto y a mí nos han dejado en tierra. La editorial Almadía ha decidido replegarse en Oaxaca para desde ahí crecer como sólo a ellos les gusta. Roberto debe estar por Galicia y yo estoy por Ginebra... G,G...
El reciente día de muertos visité un cementerio, concretamente el Cimitière des Rois. Llegué con mi nueva bici y nueve grados centígrados menos en cada mano. Después de enfilar hacia el final del recinto giré a la izquierda, hacia la figura de un arbusto que secundaba a una tumba, una planta típica de la Alta Saboya denominada Buxus sempervirens. Quise meter por algún lado de la tumba de piedra con tipografía celta y un bajorrelieve que representaba a una embarcación medieval un papel y lápiz para el maestro, pero me retracté de hacerlo este día. Extraño caso el de que Borges y yo descansemos a 20 minutos de distancia, sólo existe un enorme parque abierto al cielo entre su morada y la mía, Plain Palais.
Pronto publicaré en el blog el relato completo, con fotos.
Quedamos en pronto, Héctor
1/11/07
Entrevista doble A (Álvaro Enrigue/Alberto Chimal)

Álvaro Enrigue
Tengo la impresión de que el cuento, como se decía en los 50 o 60, es una unidad perfecta que inicia con una frase que inicia un universo perfecto y cierra con una frase. Tengo la impresión de que lo de los géneros no se me da, se me complica decir que lo que escribo son cuentos, novelas o cuentos que se juntan como novelas. Me interesa lo que en el periodismo se le dice el cerrojo. No dudo que se escriban cuentos con un cerrojo, que todos se mueran, sean muy felices o algo así. Vivimos en un mundo muy pobre en definiciones y valores acordados como para poder escribir cosas así. Es importante decir que no se puede escribir un cuento que no empiece ni termine. Cernuda o Jiménez seguían pensando que Dios escribía por ellos, pero tu periodo escribe por ti, te usa, me parece escribir un cuento que empiece y termine en un punto.
Alberto Chimal
Estoy de acuerdo con lo que dices. Me parece que al menos en cuanto a mi propio trabajo cada historia, cada trama, pide los recursos que se necesitan para contarlo. Buena parte del trabajo está en cierto modo, aunque suene a brujería, en tratar de escuchar lo que pide la propia historia. Buena parte del aprendizaje es el de no sólo usar las herramientas, sino determinar cuándo son las apropiadas. Estamos en una época donde no sólo vivimos en la indefinición, sino que además venimos de una tradición literaria que parte de la idea de romper con las reglas preestablecidas, seguimos inmersos en la idea de que el aprendizaje implica romper con las normas de los antepasados. Para poder realizar eficazmente esa ruptura debemos saber lo que los antepasados preveían y solemos ignorarlo. Los escritores pasan por querer ser de las vanguardias de hace cien años, esos textos sin puntos, esos poemas sin rima, ya se hicieron. Debemos entender cómo es el lugar peculiar que tenemos en la tradición para determinar lo que necesitan las historias que queremos contar.
¿Están de acuerdo con la idea de que una novela podría ser una secuencia de cuentos bien enlazados?
Álvaro Enrigue
No sé, creo que el asunto es que una persona da testimonio de su tiempo. Lo mejor que puede, si le sale bien es bueno, y si le sale mal es malo. Uno como escritor tiene que lidiar con los editores, en ese sentido es truco común de cuentistas o memorialistas fingir que escriben novelas cuando en realidad hacen lo que se les da la gana. Lo interesante es que los lectores ignoran al editor y no se preguntan si es cuento o novela lo que hacen. Tanto el cuento como la novela son medio idiotas, es una locura. La realidad está fragmentada y la literatura se puede nutrir de muchas cosas. Lo raro eran las certezas decimonónicas que permitían que uno fuera Edgar Allan Poe o Balzac. Las cosas, creo, son menos claras
Alberto Chimal
Las etiquetas se vuelven excusas para estrechar los mercadeos. No faltan las personas que sueñan con hacer su thriller o novela policiaca, o su libro intimista. Todo eso es sólo un obstáculo para lo que idealísticamente podemos llamar una creación más libre. Se opta por rellenar plantillas creadas por los de mercadotecnia, más que los editores. Es un camino que no quisiera recorrer.
El último libro de Chimal titulado Grey de Editorial Era está compuesto por una colección relatos que deambulan entre el esoterismo, la ficción o el minimalismo identitario. Hipotermia, Anagrama, de Enrigue, ofrece una serie de relatos de ficción que golpean la realidad de los diferentes protagonistas. En ambas propuestas se podría decir que sus libros se alejan conscientemente del realismo… ¿Huyen ustedes del realismo?
Alberto Chimal
Creo que esa distinción es obsoleta, absurda. Todo es real, las historias fantásticas también lo son, aunque no hablen de la realidad concreta. Son parte de la cabeza de quien se los figura, eso también es parte de la realidad. Muchos de los escritores de nuestra generación tuvieron que reaccionar ante una literatura realista que se entendía del peor modo posible como una especie de trascripción de las noticias del periódico, o de lo que se suponía apropiado respecto a la política o la sociedad. Se llegó a pensar que era lo único válido, y varios de nosotros estuvimos pensando otras maneras de contar cosas relevantes por otros caminos. No se trata de huir, sino de buscar otras maneras de decir las mismas cosas.
Álvaro Enrigue
Pensando en esas reacciones excesivas que tiene uno de joven, cuando empezamos estaba en disputa una literatura ideológica o Borges. Estabas por la creación de un mundo total hiperlatinoamericano o te gustaba Borges. En ese sentido, es de gran caché ser escritor fantástico. Ahora, la verdad, hay momentos en que se convierte uno en muchas cosas. Foucault decía que hay que empezar a olvidar el siglo XIX, pero es el gran siglo de la narrativa y en mi opinión inalcanzable. Estoy del otro lado, si dijera que hago algo es que hago un realismo con ciertas libertades imaginativas y ciertos procesos de degradación personal. No quiere decir que uno se vuelva automáticamente Perez Galdós. Ese era un mundo con certezas, pero al final se discute con la realidad. Como única premisa importante, uno escribe lo que puede cuando puede. Hay un libro que se puede escribir en su momento y uno da testimonio de eso. Si es bueno o malo, esa es la opinión del lector. La indefinición genérica se extiende a una indefinición espiritual. Escritores que han elegido no elegir un género, como Pitol. Elizondo decía que escribía libros para escribir. Una generación nos abrió el camino y podemos venir a decir burradas.
[extracto de la mesa titulada “Los retos del cuento” con Álvaro Enrigue, Alberto Chimal y quien suscribe como moderador, Encuentro Internacional de Escritores, marzo de 2007, Oaxaca, México]
27/10/07
El conocimiento de la tarde, de Joë Bousquet
Aparece la primera traducción al español del libro de poesía surrealista La connaissance du soir de Joë Bousquet realizada por el Doctor en Filología francesa y alemana Ángel Sánchez.Joë Bousquet nace en 1897 en Narbonne (Francia) hijo de un comandante médico del ejército. En 1900 su padre Joseph Bousquet se traslada a Carcassone donde abre una consulta de medicina general y por consiguiente lugar donde Joë pasa la mayor parte de su infancia. En 1913, con dieciséis años, viaja a Inglaterra tras aprobar el bachillerato y obtener de su padre el viaje como recompensa. Es durante su estancia en Southampton donde ejerce por primera vez la escritura. En 1914 sobreviene la 1 Guerra Mundial y a raíz del estallido de la guerra su familia es trasladada a Creil, cerca de París. En la gran ciudad Joë se siente atraído por las chicas y la bohemia del pilluelo callejero mientras sus padres intentan reducir sus ansias matriculándolo en la Escuela Superior de Comercio de París, en ese tiempo ya habituado a la morfina, en parte, por encontrarla fácilmente en el maletín de su padre. Con 17 años de edad se presenta como voluntario al ejército francés eligiendo destino en el frente dentro del 156 Cuerpo de Ataque. Se trataba de un batallón disciplinario donde la mayor parte de los soldados son presos comunes que serían indultados de su pena por los méritos adquiridos en la guerra. El 27 de mayo de 1918, en el curso de un contraataque, una bala enemiga le atraviesa tres vértebras lumbares; sus hombres lo envuelven en un trozo de tienda de campaña rumbo a la enfermería. Joë ya no siente las piernas, sólo la morfina le alivia el inmenso dolor. Una vez seccionada la médula espinal queda Bousquet irremisiblemente paralítico por el resto de su vida. Acostado en su dormitorio de la rue de Verdun, en Carcassone, descubrirá en la escritura una aliada de por vida.
Su escritura se volvió desde ese día totalmente deducible de las lecturas que recibía. Alguien que no sale de su casa a rebuscar en lo anaqueles de las librerías o las bibliotecas públicas deberá nutrirse de los títulos que sus amigos más cercanos le ponían en sus manos. Como resultado de su cimentación tan poco electiva y de sus descubrimientos posteriores entre la camarilla parisina, la influencia formativa de Bousquet elude la linealidad y se vuelca hacia la hondura. A Joë le hubiera hecho falta estar en París, con la movilidad suficiente para asistir a las tertulias y los viajes que el grupo fundador del surrealismo francés iniciaba en aquellas fechas, compartiendo así las líneas maestras que dieron cuerpo al movimiento. Esa lateralidad al fenómeno surrealista juega en contra suya hasta hacerle pasar por un desconocido provinciano que nunca sintió la pulsión oportunista de subirse al tren de las celebridades, resignado a su condición de hombre inmóvil, aunque privilegiado por el hecho de verse impreso en la prestigiosa editorial Gallimard. Por la cabecera de su salón-dormitorio de Carcassone pasaron nombres ilustres como Paul Valery, André Gide, Paul Eluard, Elsa Triolet, Carlos Suares o Max Ernst. Las veladas transcurridas con este círculo de amistades y sus enamoramientos llenaron una vida ciertamente estática con dosis de optimismo y paz interior en lo que todos coinciden era su gesto habitual de acogida al "santuario".
[portada de la edición en francés de la editorial Gallimard, París]
[documento basado en el prólogo del investigador y traductor Ángel Sánchez]
[para mayor información sobre la traducción inédita al español del libro dejar comentario]








