14/9/10

Ni ayer ni mañana (fragmento de novela)

David y Nora se conocieron en México durante el conflicto social que asoló la ciudad de Oaxaca en el año 2006. Él decidió viajar al sureño estado mexicano con la idea de realizar un vídeo documental. Ella había llegado unos meses antes para trabajar como voluntaria en una asociación de parteras tradicionales. El primer encuentro se produjo en medio de una nube de gases lacrimógenos en la conocida batalla de Todos Santos.
Ese mismo 2 de noviembre las fuerzas militares mexicanas, en un número cercano a seis mil, pretendían desalojar la Universidad Benito Juárez, hasta ese entonces ocupada por el pueblo sublevado.
A primera hora, la mancha de soldados se había concentrado en la rotonda de Cinco Señores, a escasos cien metros de la entrada a la Universidad. Desde aquella panóptica se divisaban cinco puntos de fuga, largas avenidas que se abrían como los dedos de la palma de una mano con un final borroso. Según la inteligencia militar aquél era el emplazamiento estratégico preferido como punto de partida para iniciar el duelo.
De cada una de las uñas de aquella figurada mano surgían profesoras, mecánicos, talabarteros, vendedores de agua embotellada, licenciadas, ingenieros, enfermeras y estudiantes armados con piedras, palos o hierros. Nada parecía acongojar a los militares tanto como los cánticos que provenían del pueblo con ritmos tan precisos como miles de diapasones dando un sólo tono. Las consignas proponían un “Lucha, lucha, lucha… no dejes de luchar, por un gobierno obrero, campesino y popular”, y seguían con “Va a caer, va a caer, Ulises va a caer”.
Los helicópteros galvanizados con las incrustaciones de las siglas doradas PFP aterrizaban en el centro de la rotonda para dejar munición y de paso mostrar que ellos eran inexpugnables, también en hacer ruido.
Tras la orden, las fuerzas militares embistieron como toros embravecidos hacia el interior de cada una de esas avenidas. Las tanquetas lanzaban agua a presión contra los primeros manifestantes mientras los soldados hacían lo mismo con las cápsulas de gases lacrimógenos. En un instante se alzó una capa gris de bromuro de bencilo entre los dos frentes. Daba la sensación de ser tan impenetrable como el más alto de los muros. De buenas a primeras cayeron sobre la primera fila de militares cientos de piedras, latas, hierros y botellas que volvían a frenar el arranque de los uniformados. Sobre el asfalto iban quedando como orcas varadas en la orilla algunos testigos del enfrentamiento. Los niños huían atenazados por los brazos de sus padres que parecían propulsados por el bombeo de varios corazones.
La lucha se había iniciado y los mensajes de teléfono con los caracteres batalla y Cinco Señores comenzaban a dispararse por toda la ciudad de Oaxaca.
Antes de mediodía David fue advertido de lo que se estaba librando en aquel sector universitario. Con la naturalidad de saberse en una ciudad sitiada aceleró la ingesta de los huevos a la mexicana y balanceó la estructura metálica que sostenía el garrafón para engullir un vaso de agua. Una vez lanzados los alimentos al fondo del estómago, tomó los tres pesos con cincuenta que le costaría el pasaje urbano, la batería extra, los filtros, la cantimplora, un sombrero y el peto con las siglas PRESS. Llegó a la parada del transporte urbano. No había nadie, ni tan siquiera estaba la señalización. Entendió que nuevamente se habría suspendido el transporte público y caminó por Heróico Colegio Militar en dirección al estadio de béisbol. Prolongó por la avenida Periférico hasta el edificio de Rectoría. Desde el lugar donde se encontraba oía el ruido vacuo de las explosiones lejanas que le recordaban los eructos de los animales tras hartarse. Se detuvo levemente a secarse el sudor que descendía por la sien. La irritación era creciente, sobre todo en párpados y garganta. Los primeros flujos de humanos le trajeron decibelios, voces que se volvían gritos y pasos que se transformaban en desesperadas carreras. Los siguientes en aparecer fueron heridos, niños y algunas personas mayores. Continuó avenida abajo hasta tropezar con el esqueleto de dos barricadas compuestas por carrocerías de coches abandonados, neumáticos, verjas, fierro herrumbroso y piedras. El punto de no retorno, pensó. Los más osados de la batalla estaban frente a sí. Según su lenguaje gestual planeaban estrategias con los rostros cubiertos por pedazos de tela que se deshacían como las colchas viejas que no sirven ni para trapo del polvo. Frente a las avanzadillas populares estaba una fila horizontal de tanquetas militares tratando de progresar al paso de una mascota adiestrada para morder. Cuarenta metros ente unos y otros. Detrás de los carros salían impulsados decenas de proyectiles de gas pimienta escupidos por una división de militares a pie. David se aproximaba al frente por entre los arbustos de la mediana arriesgándose a perder la verticalidad. Mientras cuadraba un plano con los militares avanzando sintió agua pulverizada sobre su brazo. Quedó impregnado por un líquido viscoso. Movió el plano hacia el envés atraído por el sonido metálico de las piezas de unos coches mientras eran arrastradas. Antes de que levantara el ojo de la lente ya se había cerrado la calle con una barricada que tomaba de un extremo al otro de la avenida. Continuó filmando a dos jóvenes que pedían paso detrás de la barricada en un autobús urbano. La ruta escrita en un cartón desvencijado sobre el parabrisas del transporte público anunciaba Hospital-1era Etapa. Un aviso. Se abrió el espacio necesario para que pasara el autobús mientras uno de los ocupantes animaba al otro. Tras rebuznar el motor a altas revoluciones enfiló contra la línea de militares que intentaban avanzar. Se apartaron y al volcarse el vehículo quedó recostado en el asfalto originando una barricada instantánea. David captó el momento de la salida desesperada del conductor kamikaze mientras los policías no le atinaban a golpear frenados por una lluvia de piedras. El empuje del ejército era notorio, enrabietados por las continuas embestidas que golpeaban una vez sí y otra también el desorden impuesto por los jefes superiores. Una nueva ofensiva con disparos de gases lacrimógenos obligó a David a recular unas decenas de metros. El frente popular devolvía los pequeños contenedores tóxicos siempre que caían a su alcance, los que no, eran cubiertos por una gruesa manta húmeda con el objeto de aminorar el efecto del gas. Situó el lente de la cámara a escasos metros de las vecinas que salían y entraban de las casas de la acera de la derecha. Entre ellas se repartían cubos colmados de agua y vinagre para paliar la picazón en los ojos. De repente los tanques se juntaron a centímetros para empujar las barricadas de una sola embestida. Los militares en la retaguardia progresaban cargados de ira. Los vecinos, desesperados, agitaban sus manos ofreciendo ayuda a los solidarios que huían de la primera línea. Conforme avanzaba la línea militar se iban cerrando las puertas de las casas contiguas. En una de ellas David encuadró a una joven gateando a tientas. Una señora le tiraba del brazo tratándola de sacar del campo de batalla en tanto la joven se tapaba la boca en un intento por impedir que le salieran empelidos los pulmones. David bajó la cámara y corrió hacia la escena. Consiguieron apartarla hasta una puerta semiabierta que cerró apresurada la señora tras la llegada de los tres. Le pidió a David que le suministrara a la joven un paño con agua y vinagre. El cubo con los líquidos estaba a un lado pero no la tela. Rompió su camiseta por uno de los laterales hasta conseguir un retazo. Decenas de golpes intentaron derribar la puerta metálica. El forcejeo de metales era ensordecedor. Los tres minimizaron la percutida del exterior tratando de introducirse en la cocina. Coincidieron los tres bajo la única cama. El corazón de David se había disparado en pulsaciones desmedidas. Desde el exterior arrearon unos golpes de gracia y desistieron de entrar. La joven pudo abrir los ojos, todavía de perfil, revelaba un aspecto pre rafaeliano: la nariz henchida y lo exageradamente cóncavo de sus ojos. Se repuso de la asfixia que le produjo el gas ingerido y abrazó a David con una mirada extraída del mayor de los abismos. Le preguntó si podía quedarse con el pedazo de tela. David respondió que sí y la joven enfiló a la puerta en espera de poder regresar a la batalla. Abrió la puerta y dejó la ranura suficiente para que unos guantes empujaran su garganta con fuerza. David gritó al tiempo que lanzó un garrafón de agua hacia la puerta. El golpe consiguió retroceder definitivamente al guante del militar. David pasó el hierro que cancelaba la puerta y regresó al interior con la joven. La señora sólo dejaba ver el talón de sus curtidos pies por el filo de la cama, empapada en su propia jaula de miedo no supo diferenciar qué sonidos venían del exterior de su casa y se mantuvo escondida, incluso, después de sentados sobre la cama la joven y David. La joven hundió su cabeza sobre la tesitura de la almohada. Rompió a llorar. David tomó de los brazos para consolarla. No era el momento. Siguió llorando hasta elevar todo su cuerpo sobre el colchón. David alentó a la señora para que saliera del fondo de su cama. Ciscada por un miedo cerval, la señora fue recuperando el ritmo de respiración. Salió al patio de la entrada. Abrió la puerta y salió corriendo. Detrás de ella salió la joven alcanzando a tirar el trozo de tela empapado en vinagre. David llegó a la altura de la puerta para evidenciar que los militares habían retrasado su posición hasta el crucero de Cinco Señores, el origen de la batalla.
A media tarde las tropas militares recibieron la orden de renunciar al asalto de la Universidad impotentes en su enfrentamiento callejero con el pueblo. Por más que avanzaran siempre quedaría su retaguardia al descubierto. Se trataba de una simple cuestión numérica. Una logística militar inoperante diseñada para amedrentar más que otra cosa. Era imposible borrar a los habitantes de sus calles. La línea de militares se retiraba hacia el acuartelamiento y tras sus pasos se fueron congregando decenas, cientos, miles de ciudadanos sudorosos, sangrantes, eufóricos en tanto celebraban la retirada. Una multitud de consignas populares retumbaban entre las paredes adyacentes al crucero, desde aquel momento se levantaría un monumento oral a la dignidad denominado la Victoria de Todos Santos.
Entre los gritos de júbilo corría la voz de que se reunirían en la explanada de la Universidad. Se pretendía un merecido reconocimiento a la lucha de los de abajo y vaya si lo consiguieron. De los linderos de la universidad fueron apareciendo coches cargados de vituallas que terminaban el trayecto bajo laureles y eucaliptos del campus. Habían situado unas pencas enormes repletas de arroz y frijoles. Mujeres y hombres ataviados con delantales iban rellenando los platos mientras entre las filas de los vencedores se repartían los víveres.
Empujado por la inercia popular, David atravesó la entrada al campus en pos de seguir con su registro de planos. Algunos grupos se dirigían hacía él y después de cerciorarse de que no trabajaba para alguna cadena nacional le pedían que los grabaran. Sentían tal orgullo por lo acontecido que intentaban retratar con todo tipo de gestos un momento sublime.
David decidió responder al gusanillo del hambre. Cambió de mano la cámara tras lo cual recibió un plato relleno de frijol, arroz y la mitad de un tamal. Algunos le ofrecían comer en sus grupos pero esta vez prefería disfrutar de los placeres de la comida en solitario, o a lo sumo con una mínima compañía. Encontró un laurel lo suficientemente frondoso. Arrastró una piedra hasta el tallo y se sentó. Comenzó a rellenar una tortilla con porciones de arroz y frijol. Le faltaba picante por lo que sin levantarse lo pidió a voces. El grupo que tenía detrás se abrió, de tal suerte que vio entre aquellos a la joven que había ayudado horas antes. Ella le llevó unos chiles y se sentó junto a él. Era la primera vez que se sonreían sin una batalla por medio. Supo que ella era de un pequeño pueblo suizo, impronunciable en aquel momento y que se llamaba Nora. Ella supo que él era asturiano, del pueblo costero de Llanes, nombre que le costó memorizar. Nora le habló a David de su enorme admiración por las parteras con las que trabajaba, reconoció en aquellas mujeres la herencia de un conocimiento milenario. David le confió su deseo de realizar un buen trabajo documental. Sin financiación más que sus propios ahorros, se volcaría en reflejar la fuerza de aquellos momentos con los elementos dramáticos que de por sí vertían los hechos.
No volvieron a coincidir hasta el día antes de la partida de David. Una semana después de la batalla de Todos Santos. Su reunión de despedida en el restaurante La Biznaga concentró a personas implicadas en la resistencia, entre ellas estaba Nora. En aquel postrero encuentro recordaron el día que se conocieron, la feroz agresividad recibida por la milicia mexicana, la agilidad para instalar una barricada en cuestión de segundos, la solidaridad de las señoras que salían de las puertas adyacentes a las batallas con cubos a medio llenar de agua con vinagre y trapos limpios. A medida que el mezcal irrumpía en el cerebro las articulaciones perdían rigidez y las pupilas se dilataban. Llegados al tramo de las aseveraciones concluyeron que lo más emocionante que vivieron fue darse a un movimiento social donde cada quien aportó desinteresadamente su grano de justicia. David confesó que aquel día sintió que el miedo, el sufrimiento y el horror había quemado algo en su interior. Nora compartió lo sentido y agregó que esperaba otra cosa: “que hubiera llegado la hora del gran desorden y que todo quedara así hasta el final de los tiempos”. David trató de colorear el anhelo de Nora e imaginó un mundo donde no habría policía ni escaparates ni “esto es mío y esto es tuyo” ni “hasta que la muerte nos separe”. Nora le cortó embebida en el intercambio de deseos para añadir que “sólo existiría el gran caos, una colosal nada en que la humanidad pasearía tranquilamente engullendo tamales”.
Sin el pesar de lo habitantes había algo de infernal y a la vez paradisíaco en la Oaxaca de aquellas semanas.
David y Nora se despertaron a la mañana siguiente entre los jirones de la misma sábana. Se habían dado cuenta de que nada había cambiado. Aquella vida diferente que tanto habían deseado no existía a su alrededor. Cuando se reanimaron y se frotaron los ojos siguieron planeando lo de antes, exactamente por donde lo habían dejado. Aquel epílogo les ayudó a extender un papel y anotar sus señas electrónicas, y según se despedían, unos besos anunciadores con sabor a mezcalina.

21/4/10

Radio Puente



















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14/3/10

El accidente

Quedaba un último resquicio para solucionarlo.


En nada hubieran cambiado las circunstancias si desistía.



Aunque tratándose de nosotros, valía la pena afrontarlo.


Me pudo el corazón, te llamé.


Tu respuesta me había dejado una tanto confuso,
así que decidí ir a verte.



No merecíamos estas distancias.


Nuestra relación estaba entrando en un túnel sin salida.


De pronto, me llamaste.



Mi nerviosismo, lo sé, empeoraba las cosas.


Ahora que me deseabas lo mejor
me pareció demasiado tarde para cambiar el destino.


Avanzábamos por un callejón sin salida.


Fue inevitable


A partir de entonces
he resuelto afrontar los problemas desde otra perspectiva.


Arrastrar con fuerza los males que me han traído hasta aquí.




© Héctor Huerga, para los textos y las fotos.

© Andrés Venegas, para las fotos 13 y 15.

23/9/09

Salón del Libro Africano/VII Encuentro de editores

Desde el jueves 24 al domingo 27 de septiembre se celebra en Castillo de San Felipe del Puerto de la Cruz, Tenerife, el primer Salón del Libro Africano. Sin duda, será una buena oportunidad para entrar en contacto con una de las zonas literarias de mayor proyección internacional.

Mi intervención llegará el sábado 26 a las 19 horas en la mesa de presentación de las novedades editoriales del CAAM, mi nuevo centro de trabajo. Quedan cordialmente invitados.

Jueves 24 de septiembre

13:00 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lectura dedicada a Mercedes Pinto, a cargo de la poeta Déborah Vukušić

17:00 Presentación del Foro de la Bibliodiversidad, a cargo de Uberto Stabile (Editor, escritor y promotor cultural)

18:00 Presentación del libro Sobre jardines sin nombre (FATA) de Francisco Croissier. Editorial Baile del Sol

18:30 Presentación de Insularia. Revista de la Asociación Canaria de Escritores. Interviene: Juan R. Tramunt (Director) y María Jesús Alvarado (Secretaria de redacción)

19:00 Encuentro ¿Qué hay de los 80? Intervienen: Francisco Croissier (Escritor), Alfonso González Jerez (Periodista) y Eduardo García Rojas (Periodista)

20:00 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lectura dedicada a Manuel Verdugo, a cargo del escritor Roberto Cabrera. Editorial El Vigía

20:30 Diálogo entre el escritor Donato Ndongo y Alfonso González Jerez

Viernes día 25 de Septiembre

12:30 Presentación de “Es de libro, programa educativo de CEDRO para fomentar la lectura, la creación y el respeto a los derechos de autor” Interviene: Victoriano Colodrón (Director Técnico de CEDRO)

13:00 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lectura de fragmentos de las obras Travesía, Olvida quién soy, El corazón de las tinieblas, a cargo de Eduvigis Hernández (CAAM)

17:00 Debate SILA. La oralidad escrita
Intervienen: Tassadit Yacine (Escritora), Inmaculada Díaz Narbona (Doctora en Filología), Landri Wilfrid Miampika (Profesor de Filología), Hamidou Konate (Editorial Jamana), Waldir Araujo (Escritor). Modera: Antonio Lozano (Escritor)

18.30 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lectura basada en la obra de Werner Herzog, a cargo de David Moreno. Editorial Trashumantes

19:00 Debate SILA. Las lenguas de África Intervienen: Justo Bolekia (Doctor en Filología), María Dolores López Enamorado (Directora del Instituto Cervantes de Marrakech), Seydou Nourou Ndiaye (Editorial Papyrus), M’bouh Seta Diagana (Doctor en Filología), Germano Almeida (Escritor y Editor), Modera: Juan Manuel Pardellas (Periodista y escritor)

20.30 Conferencia del escritor Henri Lopes. Presentación a cargo de Antonio Lozano. Programa de Casa África Letras Africana.


Sábado día 26 de Septiembre

12.00 Debate: Nuevos canales de difusión para el libro. (Redes sociales, blogs…) Intervienen: Francisco Javier Jiménez (Escritor, blog Paradigma libro), Manuel Gil (Escritor, blog Paradigma libro), Óscar Sipán (Editorial El Tropo. Escritor) Mercedes Rodríguez (Periodista) Modera: Eduardo García Rojas (Periodista, blog El Escobillón)

13:30 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lectura dedicada a la obra poética de Misael Pulido, a cargo de Miguel Ángel Calero, Juan José Pérez y el propio autor. Editorial Alternativas

17:30 Debate SILA. Los canales de difusión del libro en África. Intervienen: Jacques Dos Santos (Editorial Chá de Caxinde), Mary Jay (African Books Collective), Celso Muianga (Editora Ndjira), Maria Jesús Alvarado (Editorial Puentepalo). Modera: Alfonso González Jerez (Periodista)

19.00 Presentación de Novedades editoriales del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM). A cargo de Héctor Huerga y Eduvigis Hernández.

19.30 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lectura del poemario Sístole y diástole o el latir de la vida a cargo de Motserrat Ríos. Ediciones Idea

20.00 Presenta del libro Historia de la literatura negroafricana. Una visión panorámica desde la francofonía de la escritora Lilyan Kesteloot, a cargo de Antonio Lozano. Editorial ElCobre-Casa África

20.30 Diálogo entre Antonio Llaguno (Escritor) y Manuel Pimentel Siles (Editorial Almuzara) sobre la obra de ambos escritores Tombuctú el reino de los renegados andaluces y El arquitecto de Tombuctú. Modera la mesa Pablo Martín Carbajal (Escritor)

Domingo dia 27 de Septiembre

12:00 Debate Lo que nos rodea. Intervienen: Joaquin Arena (Escritor), Dina Salústio (Escritora), Inma Luna (Escritora), José Antonio López Hidalgo (Escritor), Elica Ramos (Escritora). Modera: Pablo Martín Carbajal.

13.00 Cata de libros y vinos canarios. Vinos de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo. Lecturas seleccionadas Para la embriaguez de los sentidos a cargo de la poeta Elica Ramos

18.00 Presentación del libro de Baby Halde Una vida menos ordinaria con la presencia de María Victoria Contreras y Talía Casado. Ediciones Escalera.

19.00 Presentación de libros Editorial Benchomo.


Off SILA

Jueves 24

Lecturas compartidas con Déborah Vukušić (Croacia) y Francisco Croissier (Canarias), Roman Simić (Croacia), Zoran Feric (Croacia), Ivica Prtenjaca (Croacia).

+ Compartiendo cuentos y poemas

Viernes 25

Compartiendo cuentos y poemas africanos. Lecturas improvisadas

Sábado 26

Compartiendo cuentos y poemas: Lecturas improvisadas

Sesión de música a cargo de Dj Kali

a partir de las 23.30 p.m. en GUSSBON

Calle Puerto Viejo, 37.

Puerto de la Cruz

7/7/09

Imágenes tomadas con teléfono en Ginebra y La Chaux de Fonds, Suiza; y Oaxaca, México / Música: Da Geht Ein Bach (Ahí pasa un río), Friedich Nietzsche Seine Musik / Textos y edición: Héctor Huerga

http://www.youtube.com/watch?v=KWpN46R4m_c

13/6/09

Apuntes

Escribir es también diferir. Dejar para más adelante aquello importante que uno quiere por todos los medios subrayar y, al hacerlo, seguir diciendo con claridad o plasmar sobre el papel otra cosa, un pensamiento, una idea o una sensación del todo secundaria.

A. Waberi (justificando su viaje a Berlín)

Gran Canaria: Estoy en una isla tan pequeña que cada vez que llego a un destino siento las pataditas del dinosaurio de Monterroso en mi subconsciente.

El sicólogo de Jaime le recomendó pasear por la calle con una correa de perro, simulando que llevaba a su mascota a un lado. Una terapia innovadora, sin duda. Jaime me ha llamado esta mañana para decirme que después de unas semanas parece que el sicólogo ha mejorado.

15/4/09

La ventana indiscreta

Este grupo de personas no termina de creer lo que están viendo con sus propios ojos. Miren detenidamente al causante de este revuelo. ¿Lo vieron? Exacto. No es uno sólo. Son varios. La desesperación se concentra en cada uno de los rostros. ¿El motivo? Ahí está, abajo, un grupo de jefes de estado acaban de ser descubiertos por la lente de Daniel Gómez. Creían que estaban solos pero no. Daniel abrió la ventana indiscreta para siempre. El pueblo rechina de angustia y los políticos a punto de darse un festín, trajeados, rumiantes, engordados por la riqueza mal repartida. No me vayan a decir que me he equivocado otra vez. Son ellos. El pueblo arriba, perplejo por descubrir las desnudeces de sus gobiernos. Los jefes de estado abajo, atónitos en el momento de pillarles con las manos en la masa. Que no, que no me falla la vista. No me vayan a decir que sólo veo lo que quiero, no es justo. ¿No es justo?

[Hinchas y La ferme son fotografías de Daniel Gómez, Ginebra, Suiza, 2008]

17/3/09

Azar (frag. novela)

Por la mente de Ismail cruzó la posibilidad de decirle a Moshe que había sido afortunado. No le inspiró la suficiente confianza. Apenas llevaba tres semanas de contrato desde que Moshe se fijó en él un día que lo encontró solicitando trabajo a la entrada de la Puerta de Damasco, al norte de la Ciudad Vieja. Cargaba el pick up con la incertidumbre instalada en su mente. Le era harto complicado hallar algún israelí que le ayudara a cobrar el premio millonario. Pertenecía a la segunda generación de una familia enraizada en Palestina desde la llegada de sus padres, originarios de Petra, Jordania. “No le tengo tal confianza a ningún israelí”, murmuró. La ineptitud del momento daba saltos en el interior de su cabeza como queriendo encontrar una salida. Sus manos respondían temblorosas al trabajo de carga. Moshe se percató de que Ismail no era el mismo de otros días. Lo notó perdido, nervioso.

-Ismail, ven un momento.

Caminaron a una distancia donde nadie les pudiera escuchar.

-¿Por qué estás tan serio? ¿Tienes problemas en tu casa?

-Eh…, sí.

-¿Qué problemas tienes? ¿Dinero?

-Sí, dinero. No sé cómo explicarte. Un primo que vive con nosotros se ganó un premio de la lotería israelí y no sabe cómo cobrarlo.

-¿Cuánto ganó?

-Dice que un millón de shekels.

-¿Un millón? No está mal. Hay una posibilidad entre trece millones para ganarse la lotería, debería estar contento. ¿Por qué te preocupas tanto por él? Debe conocer a alguien que por una comisión le cobre su premio, ¿no?

-No creo. Él trabajó la semana pasada en un moshav cerca de Haifa. Fue su primer trabajo en Israel. Estuvo unos días. No conoce bien a nadie.

-Si habla hebreo tal vez puedo comunicarme con él. Si llegamos a un acuerdo podría cobrar parte de ese premio. Mejor eso que nada, ¿no?

-Gracias, Moshe. Sí, habla un poco de hebreo. Le voy a decir llegando a casa.

-¿Tienen teléfono?

-No. Hay una vecina que nos presta el suyo.

-Si está de acuerdo en negociar, mañana me das el número y una hora para llamarle, ¿te parece?

-Muy bien, Moshe. Gracias. Esta noche, llegando, le aviso de tu propuesta.

-Anda, ve a cargar las cajas que faltan. Cuando acaben se suben atrás el tailandés y tú. Vamos a dejar esas cajas en el mercado.

Ismail mintió a medias. Según se sabe es la peor de las mentiras. Le daba vueltas a la cabeza con todas las posibilidades que se abrían en ese momento. Tomaba una caja, la subía a la altura de la cintura y de un golpe la descargaba en la camioneta. Regresaba pensativo a la pila. Tomaba otra mientras cavilaba qué hacer. Ahora tendría que negociar con varios frentes para intentar cobrar. En el momento que Moshe se diera cuenta de que no era un premio de un millón sino de doce millones y medio podría pasar cualquier cosa. Lo peor sería recibir una denuncia de su jefe ante la policía. Sin mayor abrojo podría alegar que su empleado le robó el comprobante del premio. Se cree evidente que nadie jugaría a una lotería que jamás pudiese cobrar. Para subsanar ese detalle deliberó que lo mejor sería no sacar de Palestina a su imaginario primo millonario, a ser posible, conseguir una voz convincente del otro lado del teléfono. Ismail tendría que dar con un personaje astuto, conocedor de la legalidad y de extrema confianza. En la baraja de candidatos pocos podían cubrir tal exigencia. Su familia derrocharía un entusiasmo exacerbado, al filo del suicidio delator. Estaba convencido de que no había espíritu más desprendido que el de una familia pobre a la que de pronto le favorece la fortuna. En todo caso siempre quedaba su madre, aunque revelarle el secreto flotaba sobre su cabeza. Sobre todo porque desde niño se había identificado con la supresión de toda identidad cuando le tocó vivir las concesiones de su madre ante los reproches paternos. Sus amigos representarían un eslabón de confianza distante, al extremo de contar con posibilidades de fraude. Nimios flecos faltarían para confirmar lo que su mente decidiría pasados unos minutos: él mismo tendría que pasar como el primo millonario. Partiría con varias ventajas, y es que su jefe jamás ha escuchado su capacidad ventrílocua. Confiaba gradualmente en mantener el anonimato a través del teléfono. Otro asunto sería propalar a Moshe los doce millones y medio. En el papel de primo argumentaría que no quiso hacer público el total del premio para no ganarse el recelo de su familia. Trataría de compinchar el espíritu insaciable de su patrón sin que sospechara del engaño a medias.


[Azar, novela inédita, marzo de 2011]



24/1/09

Radio Puente (fragmento)

Océano Atlántico.
Octubre de 2001

—Oye, amigo. ¿Cómo es que conseguiste llegar de Senegal hasta
este cayuco?
—Uff, amigo. Es una historia un poco larga.
—No será más larga que la incertidumbre en la que estamos.
—No, claro que no. Subí a un carguero de juguetes que supuestamente
me iba a llevar hasta Canarias. Cuando llegamos a
El Aaiún me dejaron tirado. No tenía dinero, todas mis cosas se
quedaron en el barco excepto este cuadernillo.
—¡Agua!, ¿no tiene un poco de agua? —Pidió una voz meliflua
que sostenía el llanto de un bebé.
—Tome —respondió Diogomaye.
—Y ¿qué pasó después?
—Unos tripulantes de un carguero español me entregaron a
la policía del puerto después de haberme desmayado. Me tuvieron
dos días masacrándome la espalda con una vara de metal. Al
tercer día me dijeron que, o me iba, o me quedaba para siempre
enterrado en un área baldía. No tenía dinero, entonces abordé un
camión que iba a El Aaiún. Allí cobré el reembolso de unas latas
de lubricante que había comprado el maldito del capitán. Le pregunté
a un camarero de una terraza por el lugar más cercano para
tomar un cayuco a Canarias. Me dijo que casi en toda la costa era
posible embarcar, pero precisó que cuanto más cerca estuviera de
Tarfalla mejor, la ruta era más corta. Compré un poco de agua y
me paré al borde de la carretera hasta conseguir quien me llevara
hacia el norte. El chofer del camión que me llevó me propuso que
bajara en la playa Bouslam Idris. Según él, a diario salían varios
cayucos. Llegué allí y el resto ya lo sabes.
—Sí, amigo. Hay que tener agallas para lanzarse a nadar al
Atlántico. Al principio, cuando te vimos nadando pensamos que ibas a regresar a la costa. Fue el patrón del cayuco el que nos preguntó
si estábamos de acuerdo en llevarte. La mayoría argumentó
que para qué, si ya te iban a comer los tiburones. Los saharauis
que están allí, en la punta del cayuco, fueron los que más batallaron
con el resto para que te dejaran subir. No sé si te habrás
dado cuenta pero ya estabas bien adentro. No creo que pudieras
regresar a la costa. Este cayuco fue tu salvación.
—Señor, ¿me puede regalar un poco de pan para mi bebé?
Hoy no ha comido nada —volvió a interrumpir la voz meliflua.
—Déjeme ver si me quedan unas migas en el bolsillo —contestó
Diogomaye—. Abra la mano. Tome, este polvo es lo que
me queda.
—Gracias, señor.
—Le iba a decir que entre quedarme en tierra, sin nada, y
morir, creo que no había mucha diferencia. Así lo sentí y por eso
me lancé al Atlántico. A nadar. Llevaba cuatro días casi sin comer,
sólo agua y alguna fruta. Ningún coyote me quería llevar sin dinero
y eso que salen varios cayucos a diario. El primer día esperé
en una fila enorme. Llegué como a las seis desde la mañana, me
situé detrás del último. Conversé con el último, el penúltimo y la
familia del antepenúltimo. Quedamos de vernos por allá si todo
salía con suerte. A media tarde se cerraron las plazas para viajar
ese día. Así viene ocurriendo las últimas semanas, según me dijeron.
Entonces me lancé a nadar harto de sufrir, de recordar a mi
familia, de pensar en la maldad de algunas personas, de querer
llegar a la isla... Por causas inexplicables sentí que podía cruzar,
ya sé, son 100 kilómetros en el Atlántico. Noche y día, noche
tras día. Ahora que estoy sobre este cayuco percibo el tamaño del
error en el que me había metido.
—Así es, amigo. Oiga, y ¿no tiene un cigarro?
—Lo siento. En estas circunstancias no fumo.
—Yo tampoco pero, en momentos así... sí fumo. Mira ése que
está a tu lado. No se mueve desde esta mañana. Yo creo que ya la
palmó. Tócalo.
—No se mueve. Lo estoy tocando y... está muerto.
—Revísale los bolsillos.
—No, eso no. No puedo.
—¿Cómo que no puedes? ¿Quién lo va a hacer?
—Hazlo tú.
—Pero no ves que no nos podemos mover más que para mear
y cagar. Arriba y un paso para atrás para ir a orinar. Un paso
adelante y vuelva a sentarse para regresar. Ya son diez días y diez
noches. Con la de ahora hacemos once noches.
—Llevamos diez días que no tocamos costa. Anoche creí ver
unas luces en el horizonte, parecían redes de mar tendidas sobre
montañas. Durante el día de hoy no hemos visto nada. Tal vez nos
estamos alejando... no sé. Aún queda viaje hasta ¿Fuerteventura?
—Ajá. Pero no me cambies de tema. Sácale a ése lo que tenga
en los bolsillos. Ya verás que se te va a adelantar el que está del
otro lado.
—No me obligues a hacer eso. Tal vez más adelante, si aguanto
más el dolor. Esa mezcla que hicimos de agua dulce con salada
me está rompiendo el estómago.
El acompañante de Diogomaye no le había quitado la vista
de encima a los bolsillos del marroquí fenecido que estaba junto
al senegalés. En aquellas circunstancias, el acompañante prefirió
cambiar de tema. La proximidad incitaba a la tolerancia.
—El patrón del cayuco dejó claro que esta noche paraba motores
porque vamos a pasar por la zona de vigilancia. Si pasamos,
después tenemos que salvar los radares de la costa. El patrón calcula
que con lo calmadita que está la mar podemos estar llegando
de madrugada.
—¿Esta madrugada?
—Sí, en ocho horas más.
—Oye, amigo, ¿Tienes idea del día que estamos?
—Mas o menos llevo la cuenta. Si mis cálculos no fallan mañana
amanece el 1 de octubre.
Era costumbre que el gran patrón se quedara en tierra, su gestión
se consideraba un éxito si lograba pasar lo más inadvertido
posible. Sólo se encargaba de recaudar el dinero de los jóvenes de
confianza que subcontrataba como anzuelos y seguir comprando
material desechable. A fin de cuentas, el cayuco era un producto
perecedero. Lo más parecido a un ergástulo flotante. En ocasiones,
los patrones de los cayucos y sus ayudantes pagaban con su
vida la travesía, en muchos casos, los patrones anhelaban el sueño del barsaij como propio y sufragaban el viaje con el manejo de la
embarcación. Tal era el caso en el que estábamos.
El patrón había anunciado que viajaban ciento cuarenta y siete
personas, sin incluirse él, un joven ayudante y Diogomaye.
Los aspirantes a alcanzar el sueño europeo estaban distribuidos
en cuatro filas: dos filas dobles en el centro de la embarcación
con la mirada dirigida hacia la proa y otras dos filas dobles en las
bordas del cayuco con la mirada permanentemente clavada en
los viajeros del centro de la embarcación. Ninguna maniobra era
posible salvo alongarse a la borda del cayuco para orinar, defecar
o vomitar que, dicho sea de paso, eran las tres actividades más
comunes entre los pasajeros.
La embarcación medía 25 metros de eslora y llevaba dos motores
de 40/60 CV cada uno conectados a un bidón de gasolina
que abarcaba 450 litros. Con cierta frecuencia el ayudante del
patrón echaba un vistazo a un equipo portátil de GPS el cual les
iba guiando en la ruta.
El cayuco estaba generando una recaudación total de aproximadamente
70 mil euros, que se podía desglosar en 18 mil euros para
gastos de organización o mordida del patrón, entre 9 y 11 mil euros
para garantizar la salida de la embarcación o mordida policial y 42
mil euros de ingresos generado por la venta de las plazas.
Después de esperar entre 7 y 12 horas a que se fueran cubriendo
las plazas, cada aspirante a cruzar el océano apoquinó el equivalente
a 600 euros si eran subsaharianos, o 300 euros si eran marroquíes.
Estas cantidades se establecieron de esa forma porque ninguno de
los pasajeros decidió contratar apoyo logístico alguno. De haber
contratado el plus, el presupuesto por persona se incrementaría a
los 800 o mil euros por subsahariano, y alrededor de 500 euros
por marroquí. La diferencia de precio concedía el apoyo logístico
completo y vestuario adecuado para la travesía. ¿Qué quería decir
esto? Si se contrataba el plus, a cada pasajero se le daría chaleco
salvavidas, abrigo y víveres suficientes para llegar con cierta salud
al destino. Además, se podría continuar el viaje una vez llegados a
tierra a través de las redes que operaban del otro lado.
La penumbra de la noche había pedido paso. El patrón ordenó
que ningún pasajero encendiera luz alguna, «En breve cruzamos
la zona de vigilancia», advirtió.
El acompañante de Diogomaye se atusaba el bigote al tiempo
que cavilaba la manera de extraer los bienes restantes de los viajeros
que hacía horas dejaron de respirar. Tenía contabilizado a una
pareja de mauritanos enfrente y al marroquí junto a Diogomaye.
En la proa del cayuco el patrón había vaciado los bolsillos de dos
mujeres saharauis. Las mismas que habían apoyado la subida de
Diogomaye al cayuco. Estaban frías, a punto de ser arrojadas al
mar. El olor a putrefacto era fuerte y turbador, a ratos olía al excremento
que yacía en el fondo de la embarcación como a ratos
olía a descomposición. Era particularmente desagradable el hedor
que desprendían los bebés fallecidos. Aún así, permanecían en los
brazos de sus madres con la esperanza de poder enterrarlos en el
destino. La consigna era esperar a que oscureciera completamente
para ir tirando los cadáveres adultos al Atlántico. Debían ser lanzados
todos y a la vez para que no se esparcieran pistas de la ruta.
La noche anterior, un argelino se tiró por la borda y comenzó
a nadar para no morir de hipotermia según confesó antes de lanzarse,
la tristeza por verlo desaparecer en la oscuridad era concomitante
a la melancolía que delineaban los pocos ojos abiertos. Al
cabo de unos minutos murió ahogado.
Los motores del cayuco dejaron de hacer ruido. La calma del
océano penetró en los oídos de Diogomaye que sólo se veía interrumpida
por débiles regüeldos. Intentaba mantener la boca
cerrada para no provocar una mayor desecación de la garganta.
Se había apoyado a su derecha. Metió su brazo entre la espalda
del marroquí fallecido que estaba junto a él y la borda del cayuco.
Buscaba protegerse de la brisa marina que comenzaba a
arreciar. El cuadernillo de notas que mantenía abierto para que se
secara quedó entre sus piernas, las últimas anotaciones del viaje
casi se habían borrado por completo al escribirlas a lápiz. La incertidumbre
del momento había provocado que varios pasajeros
mezclaran el agua dulce con la salada en aras de sacarle un mayor
rendimiento al líquido vital. Aún así, las reservas estaban a punto
de agotarse. La noticia de que tocarían costa en la madrugada
no sólo era esperanzadora sino que necesaria. Una jornada más
de sol sobre sus cabezas podía dejar en cuadro a la embarcación.
Claro que al gran patrón no le interesaba demasiado si llegaban o no con vida, él ya había hecho su negocio y como adelantó en
la playa: «Yo no les digo que se vayan, sólo les ayudo a hacerlo.
Antes era pescador, ahora trabajo con personas. Vuelvo y repito
que yo les hablo claro, les digo que hay muchas pateras y cayucos
que se han ido y que no se ha sabido más de ellas».
Diogomaye segregaba una espesa espuma blanca que le inundaba
la boca. No podía estirar la mano para recoger una palmada
de agua salada por habérsele dormido tras la espalda del marroquí.
Apoyó sus dientes sobre la nuca del fallecido y clavó los incisivos
en la fría piel de su acompañante. En un gesto de desesperación
succionó la sangre que brotaba por el corte de sus dientes.
La absorción de líquido le produjo un ligero refrescamiento. El
canal hidratante que se había delineado de su boca a su estómago
aumentó unos milímetros con la filtración de la sangre. Volvió
a abrir sus ojos para comprobar que todos los pasajeros estaban
replegados sobre sus rodillas. Vio que cayó un cañón de luz de
dificultosa procedencia sobre la proa de la embarcación. Giró la
cabeza hacia atrás y atisbó el origen de la luz. Una patrulla de
salvamento marítimo se aproximaba al cayuco. Era el final de un
sueño hecho realidad, el principio de una ilusión extraviada.

[Fragmento del capítulo X de la novela Radio Puente, Ed. Baile del Sol, 2010]

12/12/08

A punto de salir la novela...

Esta barrena en la que parece haber entrado el blog se debe al tiempo que le estoy dedicando estas últimas semanas a la finalización de mi primera novela ambientada entre Canarias y Senegal. Una trama a dos tiempos y dos personajes. Uno de ellos es un enterrador de la isla de Fuerteventura que pasa de enterrar una o dos personas por mes a recibir decenas de cuerpos escupidos por el mar. El otro personaje es un ceddo senegalés que sale de su oasis donde ayudaba a su familia a curtir pieles para intentar darle otro giro a su vida y la de su familia. Una trama narrada en planos atemporales que llevan el ritmo, la dirección y la tensión de un principio a un fin. O por lo menos eso se intenta. Le faltarán unas semanas más para que se cueza completamente. Será entonces el momento de servir el guisado.

10/11/08

28 Feria del Libro de Oaxaca

El próximo sábado se presentará en el jardín del Pañuelito, en Oaxaca, la mesa denominada Nuevos narradores españoles en la que participaremos los gallegos Ramón Caride, Francisco Fernández y un servidor canario como moderador gracias a la propuesta de da Jandra de sustituirle en la función moderadora para ese día y hora.
En principio el debate se compondrá de una breve cronología literaria española, las últimas poblaciones literarias indígenas en Europa como son la periferia gallega, catalana, canaria, asturiana o vasca; conoceríamos el ars poetica de los autores presentes y terminaríamos analizando la representatividad del creador periférico en España frente a los enormes emporios de comunicación que centralizan el criterio literario de masas.
Sábado 15 noviembre, 19:15 horas Jardín el Pañuelito, Oaxaca.